Autor: Manuel Aliaga Garfias
Hace unos días mi viejo compañero y amigo Pablo Quintanilla publicó en Diario 16 un extenso artículo de opinión donde se ocupó—al menos, en los primeros párrafos—de una palabra que, hasta hace relativamente poco, no existía en nuestro vocabulario político. "Caviar" parece haber ganado suficiente difusión como para merecer algo de atención. Todo indica que el uso del término ha trascendido los estrechos círculos de lo que algunos distinguidos han propuesto llamar, sin mayor éxito, DBA (“Derecha Bruta y Achorada”).
El resultado es que, en los últimos meses, los aludidos por el término (los sectores mejor conectados de nuestra “vanguardia progresista”), o quienes sienten serlo, así como algunos de sus amigos y colegas, han dejado el hielo de la indiferencia al que acostumbran condenar a los “impresentables de ultraderecha” (culpables, a sus ojos, de la difusión de “caviar”), y han pasado a darse públicamente por enterados y a expresar su irritación. El hielo ha dado paso al acaloramiento, y ahora los difusores del término son el blanco de sus baterías, cada vez de mayor calibre. (Continúa...)
La crítica detrás de “caviar”
El artículo hace un útil pero breve rastreo del término en el contexto del socialismo francés de los años 80 y, luego, se enfoca rápidamente en lo sucedido en la escena peruana para, a continuación, descalificarlo por, al parecer, insuficientemente francés. Lo importante aquí es que ni la experiencia peruana ni la francesa son únicas: en otros países también se han inventado términos análogos: “liberal de limosina” (EE.UU.), “progre” (España, América latina), “radical chic” (Italia, EE.UU.), “radical elegante” (Noruega), “esquerda caviar” (Portugal), “socialista de salmón ahumado” (Irlanda), “socialista de Champagne” (Inglaterra), “socialista de salón”, “revolucionario de café”, etc., etc.
En todas partes la etiqueta pegó, y su uso se difundió, cuando trascendió los confines de la ortodoxia marxista para rotular, para un público más amplio, la discrepancia aparente o real entre la prédica progre (crítica a las bases del statu quo) y la manera como el predicador vive (ventajosa y deliberada inserción en el orden execrado). El ataque se agudiza cada vez que se descubre a un “caviar” (o equivalente) cometiendo--en organismos multilaterales, gobiernos, ONGs nacionales e internacionales, sindicatos, negocios, o su vida privada--los mismos pecados que suele señalar en sus adversarios de derecha: Corrupción, evasión tributaria, explotación, abuso de inmigrantes, etc. (curioso que en el artículo se mencione a Dominique Strauss-Kahn).
El interés del término “caviar” y otros semejantes radica, entonces, en que nace de la crítica a un tipo de “cuestionador del statu quo” que exhibe un gusto manifiesto por la vida de alta sociedad (nacional e internacional) y sus beneficios, en la que nada con la determinación de un esturión: río arriba. “Caviar” surge de aplicar a estos críticos profesionales del establishment un rasero semejante al que dirigen a sus adversarios políticos, a quienes suelen denunciar como pilares del injusto orden establecido. El término es una suerte de veredicto que los encuentra culpables de contradicción (aparente o real) y, por tanto, de hipocresía. Citemos dos ejemplos de personajes muy influyentes: El “ecologista” Al Gore y sus camionetas 4x4 y aviones privados… y el cineasta "de clase trabajadora" Michael More y sus limosinas. O, en el caso peruano, el "anti-capitalista" Javier Diez Canseco y sus curiosas movidas en, y sobre, la bolsa de valores.
En la bolsa
Prehistoria del concepto en el Perú
En nuestro medio, la palabra “caviar”, y su tía abuela, “izquierda miraflorina”, se ubica en un contexto que incluye casi cinco décadas de pugnas y atomización al interior de la izquierda peruana. La “izquierda miraflorina”; asociada desde los años 60 a apellidos de clase media, media alta, y alta; procedentes de buenos—y hasta exclusivos—colegios, en su mayoría católicos; afiliados a la Pontificia Universidad Católica; conversos a--y devotos de--la teología de la liberación; asiduos de la bohemia barranquina; más o menos identificables por su vestimenta, peinado y preferencias artísticas; propensos a ciertas fórmulas repetitivas (uso de palabras como ‘conciencia’, ‘crítica’, ‘coherencia’, ‘consecuencia’, ‘compromiso’, ‘progresismo’, ‘derecha’, ‘burgués’, ‘fascista’, en incontables permutaciones); una cierta extravagancia presuntuosa; afectación de diferencia y hasta de marginalidad; etc., etc.
La relación de esta izquierda “bacancita” con la izquierda “chacrosa” (como entre ellos se llamaban) asociada a la UNMSM y otras universidades nacionales, además de sindicatos, y otros grupos filo-emerretistas y filo-senderistas, era de mutua sospecha. Los sanmarquinos y afines sospechaban de los miraflorinos, de su origen de clase, de sus apegos y sofisticación, de su probable inclinación al acomodo. Su izquierdismo (entendido como proximidad al núcleo duro de la ortodoxia marxista) era dudoso; su compromiso, equívoco; sus ideas, revisionistas.
El resentimiento de clase—que algunos en la izquierda radical cultivaban de manera expresa— y la envidia jugaban, con seguridad, algún rol en esta desconfianza. Y es que la procedencia “burguesa” y, especialmente, la buena formación universitaria, situaba a los miraflorinos en ventaja a la hora de insertarse en el mercado laboral (normalmente en el gobierno, la academia y los organismos no gubernamentales) a través de programas financiados generosamente por la cooperación internacional.
Los miraflorinos aprovecharon esta situación y se mercadearon interna y externamente como la izquierda “responsable”, mostrando abiertamente su desdén por la poca preparación y por la propensión al radicalismo clasista animado por el resentimiento social de la llamada izquierda “cavernaria”.
Juntos y revueltos
¿Qué es un caviar?
En este contexto, lo que define al “caviar” es cierto origen de clase, buen nivel educativo, y relativo éxito profesional y económico, todo lo cual encuentra su culminación en un estilo de vida comparativamente privilegiado. Este estilo de vida sólo es posible gracias a un “sistema” que, por decisión personal y opción política, se sigue denunciando (aunque sin las estridencias y volumen de antes) como injusto. Es “caviar” quien está muy bien ubicado (sea por abolengo, herencia o sudor propio) en un orden que se incrimina pero del que se goza.
A veces la experiencia de vida del “caviar” lo ha llevado a evolucionar hacia posiciones menos críticas de la economía de mercado, lo que es encomiable--a menos que, como algunos sospechan, tal evolución sea resultado únicamente de la situación comparativamente favorecida que ha logrado, y del deseo encubierto por proteger privilegios. Porque el “caviar” ha aprendido a navegar esa economía, se ha insertado en su lógica, ha invertido en ella, se ha beneficiado de sus reglas, ha hecho obra desde sus supuestos, y en la práctica ya no la ve tan injusta como, en teoría, sigue diciendo que es.
Un corolario de esta evolución intelectual y profesional es la superación de los atuendos propios del izquierdismo adolescente y la aparición de trajes costosos, ropa “de marca”, anteojos de sol caros, cortes de pelo yuppie, relojes finos, carros del año, etc. A esto se suma que a los viajes de trabajo se agreguen los de placer, los tours europeos, los cruceros caribeños, los vuelos en primera clase y, eventualmente, hasta los aviones privados. Es decir, todos los signos exteriores de éxito en la sociedad “capitalista” y el sistema “neoliberal”… a los que se sigue denunciando.

A pesar de todo, de ‘izquierda’…
¿Cómo demostrar, entonces, que se sigue siendo de izquierda? Encontrar una respuesta verosímil a esta pregunta resulta crucial, especialmente cuando se vive, directa o indirectamente, de cultivar una imagen contestataria. El aparente abandono de las propuestas económicas socialistas (aparente porque a veces dan la impresión de que es un abandono puramente táctico - ver reacciones a reciente estatización argentina) ha sido remplazado por algunos elementos nuevos, que nunca fueron parte de las propuestas de la izquierda “cavernaria”:
(1) El rechazo de la lógica subversiva-revolucionaria y el reconocimiento, primero a regañadientes y luego más o menos entusiasta, del orden “burgués” establecido. Esto se les hace cada vez más fácil gracias a que llevan décadas bien ubicados reconstruyendo buena parte de esa legalidad a su medida. Muchos, sin embargo, siguen teniendo un corazoncito revolucionario (p. ej., velasquista), y parecen rechazar el autoritarismo y los métodos ilegales sólo cuando les conviene... y de manera puramente táctica. Su falta de denuncia de los métodos ilegales de protesta en los conflictos regionales, y de las violaciones a las más mínimas libertades ciudadanas por parte de los exaltados, los delata.
(2) La decisión de des-enfatizar la vieja crítica al “capitalismo” y de reorientar por el lado cultural lo que queda de su radicalismo. Esta opción estratégica es especialmente útil cuando se trata con donantes noratlánticos. Esta movida los lleva a abrazar una nueva causa: La lucha por la más reciente y peculiar versión de “derechos humanos” que hayan diseñado en el norte (p.ej., los de “segunda” y “tercera generación”) —usualmente subrayando el lado sexual o “de género”, así como el ambiental. Importa menos el contenido y fundamentación de esos derechos que su carácter novedoso y de "vanguardia"--indispensable a cualquier identidad que se promueva como progresista.
(3) El cultivo disciplinado y sostenido de redes internacionales de apoyo financiero y político, que incluyen contactos en gobiernos, organismos multilaterales, universidades y ONGs arraigados principalmente en Norteamérica y Europa occidental. Parte importante de la considerable (y hasta desproporcionada) influencia que estos antiguos anti-imperialistas ejercen procede de su inserción en este entramado de instituciones anglo-sajonas, europeas y multilaterales vinculadas al desarrollo, los “derechos humanos”, las causas feministas, el ambientalismo y, en menor medida, la respuesta a desastres y los “derechos” de los animales. No olvidar que, además de a las corporaciones multinacionales, la globalización también tiene como actores principales a los organismos públicos multilaterales, las ONGs internacionales, y sus cuerpos de tecnócratas-embajadores locales. Estas redes manifiestan su poder de incontables maneras a través de sus representantes locales en lo que llaman “la sociedad civil”. El resultado es que muchos de estos llamados “caviares” se han ubicado ventajosamente en posiciones que les permiten influir de manera desproporcionada (es decir, poco representativa de su verdadero peso local), y llevan décadas influyendo en nuestras leyes en buena medida gracias al apoyo foráneo.
Todos estos elementos—opción ideológica, antecedentes socioeconómicos, nivel educativo, corazoncito revolucionario, situación profesional, inserción global y estilo de vida resultante—se han hecho parte del concepto de “caviar”... y de la inconsecuencia que procura desnudar. Es a estos “críticos del sistema”--estratégica y ventajosamente ubicados en él--a quienes se dirige.
Globalizados
La inconsistencia… y una solución
A Pablo le parece “impensable que alguien pueda enriquecerse” a través de una ONG y se contenta con declarar que “es evidente que aquí no hay incompatibilidad de ningún tipo, lo que hay es solo supervivencia”. A continuación, descarta de manera sumaria que esta inconsistencia pueda implicar “cierta mauvaise foi, en el sentido habitual y en el sartreano: mala intención y autoengaño.”
Puede que Pablo y otros concordemos en que no hay nada de malo en trabajar buscando lo que parezca mejor para el país, e irse de crucero cuando se pueda, pero el punto aquí no es lo que a nosotros nos parezca. Como con cualquier apariencia de hipocresía, el punto es la consistencia entre lo que se dice y lo que se vive. O, si usamos una de las palabras preferidas por el progresismo, el punto es si son "consecuentes". Porque las izquierdas basan su discurso en mantener una actitud crítica frente al sistema, de una manera especial en países pobres. Es por esto que, a los ojos de muchos observadores--sin importar si tienen una persuasión política o no--algo no computa cuando se identifica una desconexión por lo menos aparente entre, por ejemplo, presentarse como crítico implacable de la “creciente desigualdad en la distribución del ingreso fomentada por el neoliberalismo” y, a continuación, beneficiarse de esa creciente desigualdad y exhibir estilos de vida modelados según los “parámetros de éxito promovidos por el neoliberalismo”.
¿Cuál sería la solución a esta inconsistencia? Una posibilidad que no requeriría demasiados sacrificios consistiría en reflexionar con seriedad sobre la verdad detrás de la nueva situación personal y "gremial", y ajustar la crítica que se sigue dirigiendo al sistema a las nuevas condiciones. Esto incluiría no tener miedo a defender públicamente aspectos centrales del sistema. Es decir, parte de esta solución consistiría en perder la timidez y reconocerse abiertamente como lo que se es: Custodio de buena parte del orden establecido. Y defenderlo cuando haga falta, sin mala conciencia. Esta evolución debería llevarlos, por citar sólo un ejemplo, a dejar de lado los silencios cómplices y a denunciar sin medias tintas, y de manera sostenida y efectiva, las ilegalidades que cometen los organizadores y ejecutores de las protestas regionales, así como a presionar por la sanción a los responsables.
Algo semejante es lo que algunos hacen al abrazar, por ejemplo, aspectos de la ideología libertaria y acabar de superar ciertas formas caducas de izquierdismo.
Una inconsistencia adicional en la que, aparentemente, Pablo no repara es la siguiente: muchos de esos políticos “que alguna vez defendieron honestamente la dictadura y las estatizaciones de Velasco Alvarado” se han convertido en las voces más críticas e intolerantes con quienes, más recientemente, apoyaron honestamente el autoritarismo y las privatizaciones del fujimorismo. Estas voces, de las que no consta suficientemente que hayan renegado de su pasado revolucionario, velasquista y autoritario, y que a menudo parecen preparadas a regresar a aspectos de él, son las más conspicuas enemigas no sólo de los métodos sino de la sustancia de las reformas económicas del fujimorismo.
Añoranzas
El resto del artículo
Desafortunadamente, Pablo dedica la mayor parte del artículo no a explicar “caviar” sino a señalar una y otra vez, con sorprendente insistencia, lo “poco finos y sofisticados” que son quienes usan el término. También se dedica a criticar el liberalismo laissez faire, a postular la existencia de una perversa “triple alianza”, y a dedicarle gruesos adjetivos a Aldo Mariátegui (lo que muestra que hasta el más pintado puede, por diversión o debilidad, darle rienda suelta a sus pasiones en público).
Nada de esto es relevante a la dilucidación del término “caviar”.
Si “caviar” se dice de ciertas personas afiliadas a colegios, universidades e instituciones de prestigio (es decir, a pilares del orden establecido), acusar repetidamente a quienes lo usan de “no haber pasado por ninguna universidad de prestigio” suena (1) tremendamente elitista y arrogante y (2) a defensa puramente interna (intra-collera), dirigida exclusivamente a colegas y amigos que comparten criterios semejantes. Para llegar a ese público hubiera bastado, a lo mucho, el portal PuntoEdu. Pero usar un artículo en el poco fino Diario 16, que llega a públicos que no han pasado por una universidad de prestigio, suena… como dicen en inglés… a over-kill.
Es de lamentar que Pablo tampoco discuta, ni siquiera al paso, las malas costumbres y los vicios de nuestro progresismo vanguardista, y la manera como ellos también corrompen el discurso público (ver, por ejemplo, su uso de palabras como “conservador”, “derecha”, “fascista”, “homofobia”, etc.).
Silvio
El mercado, el estado, y…
Concuerdo, en líneas generales, con la descripción sumaria que se ofrece de las insuficiencias potenciales del libre mercado, y con aspectos del rol que se le asigna al estado. También podría hablarse de las insuficiencias del estado (algo bastante más cercano a nuestra experiencia) y del papel que le corresponde a una economía y sociedad libres en superarlas. El artículo no menciona el papel de los organismos sin fines de lucro (sociedad civil, organizaciones de base, entidades de autoayuda) y el rol de la filantropía de origen religioso o secular, en la corrección de los desbalances del mercado—la posición conservadora clásica asigna a estas entidades un rol clave (subsidiaridad) e insiste en no dejar la corrección de las insuficiencias del mercado exclusivamente en manos del estado.
La discusión sobre las etapas en el desarrollo de un sistema de libre mercado (que en nuestro país está en su más absoluta infancia), y la difícil labor técnica y política de navegar entre peligros e insuficiencias opuestas (lo que también requiere un aprendizaje colectivo y memoria institucional que toma décadas en gestarse), nos llevaría en otras direcciones. Por esta razón, y a pesar de los reclamos de sofisticación intelectual, la crítica de Pablo parece delatar una cierta crudeza en su comprensión de la economía de mercado cuando pregunta “Si la mano invisible fuera perfecta y condujera inevitablemente al bien común, ya lo habría hecho. ¿Por qué se demora tanto?”
Claro, uno no lo puede saber todo. Lo que invita a mantener una actitud humilde y a procurar evitar, aunque sólo sea por buenas maneras, declarar públicamente quién es fino y quién no. El argumento de fondo siempre debe darse en otro nivel--tal como se hizo en buena parte del primer tercio del artículo. Es así como podremos recuperar y mantener la calidad de nuestra discusión pública.