martes, 1 de mayo de 2012

¿Partidos políticos financiados por el Estado?


Dante Bobadilla R.


Si hay algo que caracteriza al peruano común es una vieja tendencia a servirse del Estado. Esta tradición surge con la misma fundación de la República en tanto acto protocolar y sin fundamento o arraigo en las mentalidades colectivas. Es decir, nadie sabía qué o para qué se fundaba una República. Nadie luchó por tenerla y hasta hoy pocos entienden en qué consiste. Lo único que ha prevalecido en la relación entre la sociedad peruana y el Estado peruano ha sido una posibilidad de usufructo, bien como fuente de empleo o de beneficios directos. El peruano común ve al Estado como un buffet al que quiere meterse para engullir gratis todo lo que pueda y llevarse algo en los bolsillos.

Desde los primeros días de la República, quienes no recibían los beneficios del nuevo Estado quedaron en una posición expectante de reclamo, asumiendo que tenían también el derecho a recibir algo del Estado. Hasta el día de hoy, el peruano cree que su relación frente al Estado es sobre la base de sus derechos como ciudadano y no sobre sus deberes. La izquierda se ha encargado de regar y fortalecer en la población la idea de que estamos repletos de derechos que el Estado tiene la obligación de satisfacer. Esa es la mentalidad que se alienta desde la izquierda. Todos quieren recibir beneficios pero nadie paga impuestos. Todos quieren que el Estado les resuelva sus problemas pero nadie se compromete con las tareas. (Continúa...)

En medio de esta idiosincrasia de asalto al Estado perdimos de vista la noción de país. Y sin noción de país es imposible tener partidos políticos, porque estos responden precisamente a las visiones que los ciudadanos tienen sobre su país, sobre cuál es su destino como nación, acerca de qué clase de país quieren ser en este mundo, sobre cuál es el camino o la forma de organización que les conviene para lograrlo, etc. Estas son las discusiones que separan a los partidos y por ello en una nación que tiene las cosas claras sólo existen dos partidos, ya que es imposible que se puedan concebir muchas formas de país. No se puede formar un partido político si no se tiene una noción definida del país y una clara idea de nación.

En el Perú tuvimos algunos partidos a fines del siglo XIX y principios del XX que podían haberse consolidado, pero lamentablemente la retahíla de golpes militares con su correspondiente interrupción de la fluidez democrática impidieron la consolidación de nuestros partidos, más allá de que algunos fueran perseguidos y proscritos. Toda esperanza de construir partidos políticos acabó en la dictadura del general Juán Velasco Alvarado, quien no solo fustigó a los partidos políticos sino la misma democracia representativa, tratando de reinventar la democracia al estilo socialista. Ese fue el fin de los partidos políticos en el Perú.

A partir del 80 lo que tuvimos fue el renacer del caudillismo. A falta de partidos los electores se decidían no por las ideas sino por los personajes. Fue así como reapareció un impecable Fernando Belaúnde Terry, un elocuente Alfonso Barrantes y un galán de fotonovela como Alan García Pérez, quien a los 35 deslumbró a las mujeres. La aparición de Alberto Fujimori y de Mario Vargas Llosa, cada uno encaramado sobre su armazón electoral, fue el inicio del formato partido "combi electoral". Una estructura que, al igual que los andamiajes para mítines, se arma y se desarma luego de las elecciones. El mismo Alberto Fujimori fue el inventor de esta metodología política electoral que pronto fue la norma en el Perú del siglo XXI.

Hoy no podemos hablar de partidos políticos porque no existen. Es una falacia hablar de partidos políticos. Una mentira que se sustenta en una absurda "Ley de Partidos Políticos" que es la base del engaño generalizado. Todo lo que tenemos son grupos electorales, conformados por gente que se junta con el explícito fin de participar de las elecciones. Ni siquiera tienen una afinidad ideológica, como puede verse en la combi electoral de Gana Perú y de la Alianza para el Gran Cambio. Ante esta realidad ¿de qué nos hablan cuando hablan de financiar a los partidos políticos? ¿Qué cosa es lo que van a financiar?

Los demagogos que son los más interesados en recibir el dinero del Estado han apelado a mecanismos existentes en otros países con realidades muy diferentes, como Colombia, donde sí existen partidos políticos con más de un siglo de vigencia, tales como el Partido Conservador y el Partido Liberal, y cuya democracia se sostiene sobre un sistema electoral muy diferente al nuestro. Acá no hay nada que financiar. Hay que decirlo con toda claridad: no existen los partidos políticos. Tal vez la sola excepción sea el APRA. Los demás "partidos" inscritos en el JNE son fantasmas electorales.

Lo que hoy vemos sobre el tapete de la discusión no es más que un nuevo intento de prenderse de la mamadera del Estado. El viejo y conocido afán de aprovecharse de los dineros públicos. Las justificaciones son impresionantes. Por un lado dicen que eso evitará que el narcotráfico financie a los partidos. ¿Cómo así? Acaso el dinero del Estado podrá equiparar al que un narcotraficante podría ofrecerle al organizador de una combi electoral? No es necesario apelar a narcotraficantes. Ya no estamos en la época de Pablo Escobar y Mosca Loca. Hoy las combis electorales son financiadas por lobistas. Y nadie se va a oponer a que ellos ingresen en el negocio político.

Los resultados del disparate por aprobarse (porque seguramente se aprobará), serán, como siempre, el mantenimiento de corruptelas que siempre están detrás de la plata del Estado. Donde hay plata del Estado, allí están las sanguijuelas de la corrupción. Y lo segundo será que no fortaleceremos ningún partido político pues estos no surgen ni se fortalecen porque el Estado les inyecte dinero. Eso es un absurdo, una idea muy estúpida. Alegatos burdos como el de Fredy Otárola quien afirma que ese dinero servirá para capacitar líderes, solo nos dan risa. Un partido político tiene que tener una mística y un ideario político que enlace a sus miembros más allá de cualquier interés inmediato personal. Nada de eso aparece con dinero.


Un partido político es la más excelsa creación de la ciudadanía. Equivale a una religión. Se congregan unidos por una convicción y por interés supremo. Inmiscuir al Estado en esta tarea solo para obtener un beneficio económico significaría prostituir la política. Ya lo hemos hecho en cierta forma con la creación de esa estrafalaria y fantasiosa "Ley de Partidos Políticos" que ciertamente no ha servido para los fines que sus propulsores soñaron y alegaron en su momento. ¿Seguiremos metiendo al Estado en la vida privada de los ciudadanos? ¿Hasta dónde puede llegar la angurria por aprovechar la mamadera del Estado?