miércoles, 13 de junio de 2012

Apocalípticos y desintegrados: la bipolaridad de la política

Autor:    Paul Laurent
Fuente: Proyecto República
La izquierda antediluviana sigue soñando con la destrucción 
Leyendo en estas últi­mas sema­nas a más de un socia­lista «con­victo y con­feso» y a alguno que otro «seria­mente preo­cu­pado» por el viraje del otrora can­di­dato al que ayu­da­ron a alcan­zar la pre­si­den­cia de la repú­blica, no me cabe la menor duda de que la polí­tica es por sí misma el hábi­tat natu­ral de extre­mis­tas y para­noi­cos. Cier­ta­mente un espa­cio sólo apto para radi­ca­les de espí­ritu y de voca­ción, donde los que se con­fi­gu­ran de izquier­das son los espe­cí­me­nes más repre­sen­ta­ti­vos de todos aque­llos que no están dis­pues­tos a acep­tar la reali­dad tal como es.

¿Cómo asir a aque­lla casi siem­pre ines­cru­ta­ble cir­cuns­tan­cia si es que à la vez los que deben de pro­cu­rar man­te­ner la cor­dura y la razón se hin­chan de emo­cio­nes y deli­ran­tes sen­si­bi­li­da­des por un extraño (muy extraño) amor a los demás que se les activa como un potente nar­có­tico? He ahí una forma de taparse los ojos y los oídos para sólo sen­tir, y sin­tiendo des­cu­brir en el oca­sio­nal por­ta­voz de sus recla­mos unas cua­li­da­des sólo aptas para ser apre­cia­das en su inte­gri­dad por los por­ta­do­res de las andas de la «gran transformación». (Continúa...)


Impo­si­ble con­ce­bir la polí­tica (y a los polí­ti­cos) de otra manera. Estoy hablando de la polí­tica en su estado puro, des­nuda de fre­nos y de lími­tes for­ma­les (como la Cons­ti­tu­ción y las leyes) e infor­ma­les (como el de la opi­nión pública, la cul­tura y la his­to­ria). Pun­tual­mente, la polí­tica como ese per­ma­nente «estado de gra­cia» que le per­mite al que se hace del poder mol­dear el mundo (su mundo) a su entero antojo. Algo así como lo que Sine­sio López reclama, esa posi­bi­li­dad de cam­biar la reali­dad que (según él) su hasta hace poco cele­brado excan­di­dato está dejando pasar por el sim­ple hecho de haberse arri­mado a «la derecha».

No cabe duda de que la cor­dura, el sen­tido común y hasta la buena fe se van direc­ta­mente al traste frente al febril, ocu­rrente y cal­cu­la­dor aspi­rante al poder. Si hasta la pri­mera vuelta elec­to­ral del año 2011 los que ensal­za­ban a Ollanta Humala hacían oídos sor­dos de las «adver­ten­cias» de que dicho per­so­naje era poten­cial­mente auto­ri­ta­rio y un peli­gro para la demo­cra­cia, hoy comien­zan a ver defec­tos donde antes sólo veían vir­tu­des. Y como es de rigor, ahora ven los mis­mos defec­tos que hasta el 28 de marzo de 2011 sólo veían los de la «dere­cha». ¿Hubie­ran que­rido que esos defec­tos se sólo se hubie­ran dado para su «inclu­sivo» pro­ve­cho? Sobra­dos ante­ce­den­tes se tie­nen para no creer en la sin­ce­ri­dad de su cívica indignación.

¿Esta­mos ante un her­ma­na­miento de bipo­la­res, de cla­ri­vi­den­tes tras­tor­na­dos? No, esta­mos mera­mente ante la «nece­si­dad dia­léc­tica» de las izquier­das de hacerse con un adver­sa­rio con quien ocul­tar y à la vez res­pon­sa­bi­li­zar por su frus­tra­ción de haber sido nue­va­mente esta­fa­das. Como en 1990 con Fuji­mori, la cuasi una­ni­mi­dad de los socia­lis­tas radi­ca­les, buena parte de los socia­lis­tas de cora­zón y algu­nos social­de­mó­cra­tas com­pro­me­ti­dos reme­dian su irres­pon­sa­bi­li­dad de aupar gente que avaló en cuerpo y alma a pesar de no cono­cer­las a caba­li­dad sacando de la manga un cul­pa­ble ajeno: «la derecha».

Es una manera de lavarse las manos y de exi­mirse de las futu­ras acu­sa­cio­nes por lo que pudiera lle­var a cabo aquel que en su momento apa­dri­na­ron con bom­bos y pla­ti­llos. Ese solo pro­ce­der des­ca­li­fica moral­mente a cual­quiera. ¿Cómo tomar en serio a quie­nes estri­den­te­mente garan­ti­zan la ido­nei­dad de un can­di­dato que en puri­dad no cono­cen? ¿Cómo asu­mir como una alter­na­tiva válida a los que fuer­zan unas cua­li­da­des en ver­dad inexis­ten­tes con el exclu­sivo fin de armar un ima­gi­na­rio capaz de reorien­tar una «reali­dad» igual­mente ima­gi­na­ria? ¿Así es como sue­len ver las cosas los que siem­pre se colo­ca­ron en el plano de ser los únicos que com­pren­dían la cru­deza del «país real»?

Ante esa forma de cap­tu­rar los hechos es fácil de pre­su­mir que la reali­dad en sí misma (la vida nor­mal de la gente) es pro­pia­mente de «dere­chas». Si no encaja en el ideal no hay cómo elu­dir esa trai­ción de lo dado. Un sen­tir análogo al de un psi­có­pata, lo que con­fiesa que esta­mos ante un campo pro­pi­cio para enfer­mos, ator­men­ta­dos y para seres en per­ma­nente cri­sis. Un esce­na­rio y pro­ce­der no pri­va­tizo de nin­guna ideo­lo­gía en par­ti­cu­lar, pero sí afín a los con­gé­ni­ta­mente revo­lu­cio­na­rios: los polí­ti­cos.

Al fin de cuen­tas sus oscu­ros com­por­ta­mien­tos y ente­le­quias están hechos para superar obs­tácu­los, siendo el más grande de ellos la reali­dad misma. Por ende, es por demás com­pren­si­ble el grado de irri­ta­ción que la mera suce­sión de los huma­ní­si­mos com­por­ta­mien­tos les suele pro­vo­car. Y ello por­que cada ocu­rren­cia dada fuera de sus qui­me­ras nunca les dejará de pare­cer una anár­quica afrenta. ¿Por­que se pres­cinde de su chu­lesco cui­dado, por­que a esos caó­ti­cos seres que des­pre­cian de sus ser­vi­cios les es sufi­ciente regirse desde los febles acuer­dos (con­tra­tos) que esta­ble­cen entre sí, por­que a esos irra­cio­na­les acto­res que reme­dian pri­va­da­mente sus males sólo les basta tras­cen­der desde su par­ti­cu­lar peque­ñez? Ahora, ¿puede haber algo peor que eso? Sí, los que ansían impo­nerse sobre eso. Aque­llos que juz­gan que sin un orden pre­via­mente esta­ble­cido (pre­via­mente esta­ble­cido por ellos) todo es un com­pleto laberinto.

Inne­ga­ble­mente si se colige que la reali­dad siem­pre será de «dere­chas» para los que se resis­ten a ver las cosas tal como son, no será nada dis­pa­ra­tado con­je­tu­rar que en prin­ci­pio todos los polí­ti­cos son de «izquier­das». Si la reali­dad ofende, poco impor­tará el idea­rio que se siga si es que ese idea­rio juzga que la socie­dad disiente con lo que su credo y pro­grama pro­pone. Obvia­mente los hechos tal como son (inclui­dos los hom­bres tal como son) vie­nen a ser abier­ta­mente reac­cio­na­rios, pro­pios de ese anti­guo régi­men que unos y otros ape­te­cen tirar por la borda. Así es, para dicho con­so­li­dado de «lucha­do­res socia­les» no puede haber nada más anta­gó­nico que un uni­verso de per­so­nas inten­tando con­vi­vir desde sus pro­pias reglas y no desde la de sus oca­sio­na­les liber­ta­do­res, sobra­da­mente tan apo­ca­líp­ti­cos como desintegrados.

Curioso: Un tal Juan, autor del bíblico Apo­ca­lip­sis, mani­festó su con­di­ción de des­te­rrado en la isla de Pat­mos, en el Egeo, por mano del empe­ra­dor Domi­ciano en el siglo I. Haciendo alarde de un inmenso ego, el suso­di­cho evan­ge­lista (¿un ser trai­cio­nado?) juzgó que ese cas­tigo (su cas­tigo) bien mere­cía una mal­di­ción que no sólo reca­yera sobre su pun­tual repre­sor y car­ce­lero, sino sobre la huma­ni­dad entera. Si Domi­ciano exi­gía ser ado­rado como una dei­dad pagana, un cris­tiano del cali­bre del tal Juan exi­gi­ría su pro­pio espa­cio en el pan­teón de los —por enton­ces— aún no inte­gra­dos. Mien­tras tanto, insul­ta­ría a voz en cue­llo y con pluma en mano (o con lo que haya sido) à la reali­dad cir­cun­dante, una reali­dad que no enca­jaba con su mís­tica pretensión.

No mucho tiempo más tarde ese esce­na­rio cam­bia­ría. Tal es como el deli­rante ideal de algu­nos se impone al de otros, y sin tener en cuenta a una mayo­ría muy dis­tante de esas bata­llas dadas en las altu­ras, en las altu­ras del poder y de la polí­tica. Cues­tión de prín­ci­pes reales o ima­gi­na­rios, no de pue­blos. Justo lo que Sine­sio López deja en claro en su artículo pre­ci­sa­mente titu­lado «Las bata­llas por el poder en las altu­ras» (La Repú­blica, 26 de mayo de 2012).

Emu­lando al redac­tor del Apo­ca­lip­sis, López es el más sonoro denun­ciante del trans­fu­guismo de Ollanta Humala de su pro­puesta ori­gi­nal. Por lo mismo, el que su «pequeño sal­ta­mon­tes» haya deci­dido ver una reali­dad dis­tinta à la suya (que se haya «dere­chi­zado») es un acto de ingra­ti­tud y apos­ta­sía que sólo puede ser reme­diado por una pugi­lís­tica lucha por el poder. ¿Esa lucha por el poder que podrá ser encau­sada den­tro de las vías que la demo­cra­cia y el estado de dere­cho ofrecen?

Esa seríà la vía civi­li­zada, por lo que pro­tes­tar y opo­nerse à la explo­ta­ción minera encaja per­fec­ta­mente en los dere­chos cons­ti­tu­cio­na­les de expre­sarse libre­mente. Y sobre todo si la titu­la­ri­dad del bien en cues­tión per­te­nece à la esfera de lo público y no à la de lo pri­vado. Ello por el lado de la gente común y corriente (del demos), ¿pero por el lado de los prín­ci­pes (los aris­toi como López y com­pa­ñía, inclui­dos el padre Arana, Gre­go­rio San­tos y el ex con­de­nado por terro­rismo Wil­fredo Saa­ve­dra) se enten­derá que lo civi­li­zado parte por res­pe­tar la lega­li­dad, esa lega­li­dad que sal­va­guarda tanto la liber­tad de expre­sarse en pla­zas y calles, la de pro­cla­mar la opo­si­ción que se quiera como la que exige que se pro­teja en igual pro­por­ción la inte­gri­dad física, la pro­pie­dad y las liber­ta­des fun­da­men­ta­les de todos los habi­tan­tes de la república?

¿Con­ce­bi­rán que lo correcto es dia­lo­gar den­tro de esos pará­me­tros? Don Sine­sio ofrece una alter­na­tiva que muy bien des­cribe la opción que sólo un alma asaz aca­lo­rada puede ofre­cer: plan­tea armar una pla­ta­forma de « izquierdas  uni­das» a par­tir de los con­flic­tos socia­les anti­mi­ne­ros, «por­que jaquean a una de la colum­nas de la eco­no­mía primario-exportadora». Fun­giendo de estra­tega (¿a lo Trotsky, Lenin, Ho-Chi-Min o Chu en Lai?), advierte que Caja­marca (y ahora el cuz­queño Espi­nar) es un espa­cio redu­cido. Es decir, la cen­tra­li­za­ción de las izquier­das que López reclama deberá exten­der ese limi­tado ámbito a uno mayor. ¿Acaso empu­jando un apo­ca­lip­sis o quie­bre con sabor a desin­te­gra­ción? ¿A ello es a lo que aspira, recu­rriendo a esti­rar la lega­li­dad a tra­vés de huel­gas, mar­chas y pro­tes­tas? ¿Y a tra­vés de «algu­nas fuer­tes dra­ma­ti­za­cio­nes (tomas de carre­te­ras, ape­drea­mien­tos, quema de algún carro)» que «no quie­ren echarse abajo el sis­tema polí­tico y social, sino que quieren hacerlo funcionar»?
Sinesio Lopez, el profeta de la izquierda dinosauria

Así es como el pro­fe­sor López rea­liza su loor no pre­ci­sa­mente a favor de la poe­sía, sino del garrote. Ello es lo que pro­pone en su con­fe­sio­nal artículo «Nadie sabe para quién tra­baja» (La Repú­blica, 2 de junio de 2012). Reve­la­dor. Y con­mo­ve­dor à la vez, si es que por sus ante­ce­den­tes váli­da­mente sope­sa­mos que no vaya a ser que más ade­lante todos (incluida la ima­gi­na­ria y hasta una real «dere­cha») lo ter­mi­ne­mos acom­pa­ñando en el pesar de que se vol­vió a equi­vo­car de com­pa­ñe­ros y el que ter­mine «dere­chi­zán­dose» por evi­dente nece­si­dad de cor­dura sea él y sus meso­crá­ti­cos camaradas.