Autor: Wilfredo Ardito Vega
Fuente: Blog Reflexiones Peruanas
Ocho de la mañana. Por la avenida Juan de Arona circulan raudamente decenas de conductores, gracias a que dos mujeres policías detienen el transporte público que circula por la avenida Arequipa durante interminables minutos, en contra de las indicaciones del semáforo. A las policías no les importa que la fila de combis y ómnibus se extienda hasta Aramburú, por el sur, o hasta Risso por el norte. Para ellas, su misión es ayudar a que quienes viajan en automóvil lleguen temprano a su destino, a costa de hacer esperar a los pasajeros del transporte público. A las seis de la tarde, quienes conducen sus vehículos en camino al Starbucks, la maestría o para recoger a los hijos del colegio volverán a contar con el apoyo de las mujeres policías.
Ellas no son las únicas que, en la reciente historia limeña, privilegian a la minoría que se moviliza en vehículos privados, dejando de lado a la mayoría que usa el transporte público. En los años sesenta, el alcalde Bedoya construyó la Vía Expresa, en cuyo carril central, que ahora emplea el Metropolitano, había césped: se construyó pensando sólo en el transporte privado. Muchos extranjeros quedan desconcertados al ver que se invirtió en una especie de “autopista urbana” en una ciudad que no tiene metro. Paralelamente, Bedoya eliminó los tranvías eléctricos y así Lima perdió un sistema de transporte no contaminante, en el cual los pasajeros adquirían boletos semanales o mensuales. (Continúa...)
El sucesor de Bedoya, Eduardo Dibós, construyó el circuito de playas, que sería una alternativa excelente para que mucha gente pudiera viajar de Chorrillos a San Miguel en pocos minutos… si no fuera porque está prohibida para el transporte público.
En 1991 fue el turno de Fujimori, quien disolvió Enatru Perú, con sus paraderos y choferes con sueldo y dejó que millones de personas vieran como se las arreglan transportándose en la precarias y caóticas combis y coasters.
Años después, el alcalde Andrade cometería el mismo error de Bedoya: pretendió transformar la avenida Javier Prado en una vía rápida exclusiva para vehículos particulares, mientras en los carriles para el transporte público se colocaba decenas de semáforos. Con todas estas medidas pareciera que las autoridades promueven que los limeños solucionen sus problemas de transporte comprándose un vehículo. Paradójicamente, el criterio de “tienes que tener un auto para hacerte respetar” termina multiplicando el número de vehículos y generando más congestiones.
Los privilegios para los conductores particulares se aprecian también en el Centro Histórico: desde los años ochenta se retiró el transporte público del llamado Damero de Pizarro, pero sí se permite que taxis, autos particulares y ómnibus turísticos ingresen a todas partes. Esta medida convirtió a las avenidas Tacna y Abancay en vías a punto de colapsar llenas de ómnibus y coasters. En dirección este-oeste el transporte público primero fue empujado hasta Emancipación, luego a La Colmena y después al Paseo Colón, generando que los ómnibus hagan inmensos rodeos y afectando seriamente a quienes viven en el Cono Norte o San Juan de Lurigancho.
Para mí, en estas medidas pro-vehículos particulares subyacía, consciente o inconscientemente, un criterio clasista, consciente o inconsciente, por el cual los derechos de los usuarios del transporte público eran simplemente prescindibles.
En los últimos años, afortunadamente, esto parece estar cambiando. Ahora el Metropolitano permite a miles de limeños movilizarse con rapidez y ha roto el aislamiento del Centro Histórico, puesto que los ómnibus van por Lampa y Emancipación ayudando a trabajadores, compradores y turistas. Igualmente, desde este año millones de limeños emplean el tren eléctrico. Puedo dar fe que apenas tarda 28 minutos entre Javier Prado y Villa El Salvador y 22 minutos de regreso y que, a diferencia de los metros o trenes urbanos de otros países, los empleados de seguridad recorren los vagones para cerciorarse que los jóvenes cedan el asiento a los ancianos.
La actual gestión de Susana Villarán está impulsando la formalización del transporte, promoviendo que algún día, quizás en el 2014, las coasters y combis sean reemplazadas por empresas de ómnibus formales. Sin embargo, en otros países se enfrentan las congestiones prohibiendo a los vehículos particulares circular algunos días de la semana. Para el Centro Histórico, ayudaría mucho a la calidad de vida de la gente si vías como Camaná, Huancavelica o La Colmena se volvieran exclusivas para el transporte público, despejando las avenidas saturadas.
Sin embargo, también entre los funcionarios municipales puede haber menosprecio por los usuarios del transporte público: la noche del miércoles 6 de junio la Municipalidad cerró diez cuadras de la avenida Arequipa para competencias de ciclismo, afectando a miles de personas que pugnaban por regresar a sus hogares. Para quienes en la Municipalidad autorizan este tipo de medidas, seguramente es normal que las policías en Juan de Arona y en varias otras intersecciones sigan privilegiando a los vehículos particulares. La falta de visión de las autoridades termina haciendo una ciudad donde es muy difícil movilizarse para todos, tengan o no tengan auto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada