El otrora respetable periodista César Hildebrandt, hoy recluido en su propia cárcel de la decepción, sigue ejerciendo su labor de opinante de la política nacional, aunque haya perdido la lucidez de antaño. En estos días no hace más que repetir, cada vez con mayor frecuencia, sus mismas figuras retóricas que tiempo atrás nos encandilaban. Leer ahora a César Hildebrandt es volver a ver una película pasada, repetir el argumento de la decepción frente al mundo, de la acusación general a la política, incluyendo a su añorada izquierda, una que tan solo existió en su imaginación.
En su último artículo César Hildebrandt acusa a Ollanta Humala de traición. No es una acusación original, ciertamente. Hay una larga fila de radicales de izquierda acusando a Ollanta Humala de traición por no haber expulsado a todas las compañías mineras y declarar al Perú libre de minería. Nuestro ilustre opinante olvida que Ollanta Humala no fue elegido bajo esa plataforma. Olvida que Humala apenas sacó 30% en la primera vuelta, en gran parte por los votos que perdieron Toledo y Castañeda, debido a los errores propios del primero y al ataque de Villarán al segundo, con el caso Comunicore. Si es un buen analista debería saberlo.
Ollanta Humala solo obtuvo un 9% de votos propios desde el principio. El resto le fue cayendo en la bolsa a medida que la campaña avanzaba y los candidatos se desfiguraban. Toledo cayó fulminado frente al dosaje de drogas al que no quiso someterse y al que finalmente cedió cuando ya era muy tarde. A PPK le dieron duro con el asunto de su nacionalidad y por las frivolidades de su campaña. Todos los candidatos de “derecha” empezaron a despintarse por una u otra causa. Pasaron a la segunda vuelta quienes mostraron menos lados débiles y cometieron menos errores.
Los resultados electorales en el Perú no se pueden analizar desde la perspectiva de las propuestas ideológicas o programáticas. Ellas no existen para el gran público elector. Este es un país en donde la gran masa ignorante está obligada a votar. No lo olvidemos. Así que no podemos caer en la candidez y la inocencia de suponer que quien ganó lo hizo por una propuesta de gobierno. Tal suposición es ridícula y falsa. En el Perú las campañas electorales son casi un Reality Show donde gana quien mejor baila.
Pero aun con todo, nuestro ya no tan brillante opinólogo de mazmorras olvida que Ollanta logró su triunfo luego de varias modificaciones a su mensaje, y hasta su apariencia, empezando por quitarse la camiseta roja desde el principio de la campaña. En sus discursos Ollanta nunca pronunció una sola de las desaforadas propuestas existentes en el plan rojo de la Gran Transformación, que obviamente nunca leyó. Ese es un plan que los rojos vienen arrastrando desde hace tiempo y que se lo dieron como “aporte” para cumplir el requisito ante el JNE. Pero es obvio que Ollanta es completamente ajeno a ese plan y al sancochado rojo que se le trepó encima.
Era visible que Ollanta tenía su propio plan y sus propios asesores, y que hacía lo posible por desmarcarse de los rojos, empezando por Hugo Chávez. Dijo que su modelo se parecía más al brasilero. Eso significaba tirar a la basura el plan de la Gran Transformación. ¿O no? Bueno pues, yo no veo en dónde está la traición. ¿A qué traición se refiere César Hildebrandt? Lo que ocurre es que los rojos, progres y caviares nunca quisieron ver al nuevo Ollanta, ese que apareció apenas se quitó el polo rojo. Ellos siguieron soñando con su caballo de Troya. Un caballo que apenas ingresó a Palacio sintió ganas de evacuar rojos.
Por último, ¿no es cierto acaso que luego de la primera vuelta, Ollanta hizo aun mayores esfuerzos para demostrar que no era un rojo cavernario típico de la izquierda peruana? ¿Acaso no se dedicó a firmar cuanto documento pudo para probarlo? ¿Acaso no juró sobre una Biblia que no tenía nada que hacer con los rojos? ¿Acaso no estaba completamente claro que su plan no era la Gran Transformación? Lo que pasa es que los rojos, progres y caviares seguían con la idea puesta en el viejo plan, y creyeron que todo era apenas una pose electoral de Ollanta.
Si Ollanta Humala hubiera tirado al tacho sus acuerdos políticos pactados antes de la segunda vuelta, es decir, si hubiera traicionado a la derecha que lo apoyó, todos estos rojos, progres y caviares estarán hoy festejando esa traición. Pero no. Ahora le increpan una supuesta “traición” al rojerío. Traición que en realidad no es tal. Son los rojos los que se ilusionaron sin querer ver la realidad, como es su costumbre. Lo que deben hacer es dejar de llorar y aprender a tratar con la realidad sin mirar el pasado.
Dante Bobadilla Ramírez